Es interesante, de vez en cuando, suspender lo que estás haciéndose, sacudir los dedos, escuchar el latido de nuestro corazón, observar detenidamente cuánto vemos y escuchamos, sentir el calor o el frío del ambiente; además, sentir que no estamos solos y que hay mucha gente en nuestro alrededor. Y luego pensar... "estoy vivo". Cuando uno piensa en ello, todo parece un milagro. A cada instante, incontables cantidades de diminutas células sanguíneas de color rogo circulan en forma de liquido atreves de los conductos o vasos de nuestro cuerpo; el tamaño de estos vasos sanguíneos varían desde el grosor de un cabello (de ahí su nombre de capilares), hasta las grandes arterias que podemos sentir (si colocamos muestro dedo índice, del corazón y anular sobre nuestra garganta). También podemos percibir en nuestras muñecas y brazos. Si lo intentamos lo comprobamos. En nuestro pulmones, estas células sanguíneas se apoderan del oxigeno procedente del aire que respiramos. De allí pasan a una bomba que no se cansa de impulsarlas: es el corazón. La sangre circula por todas partes, recoge y lleva alimentos elaborado a los millones de células que forman nuestro cuerpo. En cada célula, la sangre deja una parte del oxígeno y de otras sustancias químicas derivadas del alimento que ingerimos. En las células del cuerpo se producen reacciones químicas que constituyen el milagro que nos permiten vivir.
Hay muchas otras funciones importantes en el organismo, cada una e ellas distintas de la otra, pero todas fundamentales para que el organismo exista y se relacione con el medio en la cual vive.
¿Recuerdo otras funciones? Las menciono